Pedro Matías
¡Acá sacamos a los judiciales, chinguen a su madre, que maten al que sea…!, exclama con fuerza, con vehemencia, con furia, el niño vestido de resistencia mientras lo entrevisto.
¡Estamos acá haciendo justicia a todo el pueblo! ¡Acá nadie se va a rajar porque es pueblo y el pueblo no se va rajar nunca!, se ufana a todo pulmón, pero yo me pregunto, ¿quién hizo justicia para este niño que vino del pueblo?
En cada una de sus palabras hay una emoción intensa de arrojo, valentía, enojo y hasta de temeridad. ¡Chingue a su madre, que maten al que sea! Es una frase temeraria que lo expone al peligro, pero no le importa porque considera que esta lucha es justa.
Mientras avanzamos sobre la Avenida Universidad, el niño vestido de resistencia camina con pasos firmes hacia la primera línea de la PFP (Policía Federal Preventiva) para hacerles frente. Sus únicas armas son una resortera y sus propias palabras que empuña como un fusil o salpica como un cóctel de bombas molotov.
A su corta edad, le calculo unos 11 años o menos, ya simboliza el discurso de combate, de resistencia y transformación social que aprendió en las barricadas.
Suda indignación. Vocifera rabia. Su respiración es agitada. Está dispuesto a dar su vida porque el plantón de la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca (APPO) es su única casa y los insurrectos su única familia.
Un suéter negro de vivos grises desgastados, un pantalón oscuro sencillo, zapatos vencidos por el uso, un pañuelo azul que le cae del cuello al pecho y un cubrebocas conforman su outfit en la Batalla de Todos los Santos que ocurre el 2 de noviembre de 2006.
Es un enfrentamiento histórico en Oaxaca. El pueblo y la APPO defienden Radio Universidad contra la PFP, evitan que silencien el movimiento popular, pero también demuestran su repudio al entonces gobernador Ulises Ruiz Ortiz.
Los de la PFP avanzan con sus escudos, cascos y armas. Lanzan gases lacrimógenos y gas pimienta para disolver la insurrección, pero son repelidos con resorteras y piedras acarreadas en los carritos de canastilla de los supermercados de Plaza Oaxaca.
Postes de luz son derribados por maestros y gente del pueblo. Los atraviesan en la avenida, montan barricadas para impedir el paso de las tanquetas: El único anhelo es enterrar el cacicazgo autoritario de la que algún día Mario Vargas Llosa llamó la Dictadura Perfecta y que en Oaxaca está personificado en Ulises Ruiz Ortiz.
Tengo que reconocer que la dignidad de aquel niño que, ahora sé que llamaban Mascota, provoca que de mis lagrimales se desborden ríos de sentimientos intensos, una mezcla de tristeza, dolor y admiración.
Al ver el video o clip de esa entrevista me remueve sentimientos que, en muchas ocasiones oculto como blindaje o escudo ante lo irreparable, ante la traición, ante la decepción de quienes hicieron hasta del aire bandera a costa del derramamiento de sangre y del dolor de quienes creyeron que todo iba a cambiar.
No puedo contener las lágrimas, pregunto y me cuestionan qué fue de ese niño vestido de resistencia.
Las redes sociales se inundan de fotografías, comentarios y videos de lo que pasó en esos seis meses de resistencia en 2006. Ya hace dos décadas.
Voy a mi álbum de fotografías y rescato algunas que me hacen revivir momentos históricos.
Desempolvar esas vivencias remueve mi memoria y también mis sentimientos. El periodista queda totalmente rebasado.
Dicen que un reportero tiene que ser imparcial, objetivo y ético. Yo dejo de serlo en esos momentos. Mi piel se eriza de miedo, de euforia, de orgullo o de escuchar el son de la barricada.
Lloro también de rabia, impotencia, coraje, tristeza, decepción; y, por supuesto, por los gases lacrimógenos.
Igual hay momentos de llanto por una emoción intensa de comprobar la valentía de un pueblo, de su dignidad. Las multitudinarias marchas de maestros, la creatividad para enfrentar a todo un aparato de estado.
Un especialista me confiesa en una entrevista que los oaxaqueños tenemos un gen de resistencia único, los migrantes resisten en temperaturas extremadamente altas como las de un desierto, o bajas como las de climas gélidos, a situaciones adversas hasta que llega la gota que derrama el vaso como ocurrió en 2006.
Estos días son de recordar, recordar y recordar. Aquí están unas fotos que tomé con mi camarita. No soy fotógrafo ni aspiro a serlo. Hay personas que tienen esa sensibilidad para encontrar el ángulo adecuado. Yo solo las tengo como testimonio que ahí estuve en esa insurrección.
Hay tres momentos que son muy significativos: Recuerdo la madrugada de ese 14 de junio. Ya nos habían dicho que iban a realizar el desalojo. Así pasan 15 días hasta que llega la hora. Alguien de seguridad pública me da el pitazo. Es hoy, es hoy. Ya van a salir, me confirma.
Sin pensarlo, saco mi auto, me voy al centro y lo dejo por la calle de Aldama. Camino por donde está el mercado Ricardo Flores Mangón. Los uniformados avanzan y destruyen todo a su paso. Los maestros y maestras que permanecen en el plantón huyen despavoridos. Su campamento es incendiado. El olor a gas lacrimógeno invade el zócalo, el humo afecta la visibilidad. No hay resistencia. El ambiente es tenso y peligroso.
Ser testigo de algo tan atroz, tan horrendo me hace sentir náuseas y sentimientos indescriptibles. Es miedo, coraje, impotencia, pero no tengo oportunidad de consentir a mi cuerpo porque debo documentar lo que está pasando.
¡Híjole! Es algo que a la fecha todavía me hace llorar. Nos estamos ahogando hasta que alguien se acerca a darnos trapos remojados con refresco de cola o vinagre.
No sé en qué momento se aclara el día. Son las 7 de la mañana y las llamadas por teléfono son frecuentes para dar los reportes en los noticiarios matutinos. Yo reporteo para Detrás la de la noticia con Ricardo Rocha. Me tengo que ir hasta la calle Morelos para narrar la crónica del desalojo. Hay coraje, hay enojo, hay situaciones muy difíciles de describir, pero tengo que hacerlo, es nuestra responsabilidad.
Sin embargo, no sé, alrededor de las 9 de la mañana, los maestros empiezan a reconcentrarse, luego avanzan. Echan a correr a los policías y recuperan lo que es el corazón de Oaxaca y desde entonces la llaman la capital de la resistencia.
Se habla de desaparecidos, de detenidos, de intercambio de rehenes, que hay francotiradores… es algo que me conmociona mucho.
Otro momento que me hace sentir orgullo del pueblo de donde vengo, de la dignidad de un pueblo, es cuando llega la Policía Federal Preventiva y empieza a entrar por Viguera para ocupar el Zócalo de Oaxaca.
Ese día me toca ver hombres y mujeres dignos que dicen: “Quieren sangre, aquí está la mía.” Se pinchan sus venas y con el puño en alto muestran su determinación y otros con su sangre plasman consignas en cartulinas para exigir la salida de Ulises Ruiz.
Unos se tiran al piso cuando avanzan las tanquetas, otros resisten a los chorros de agua. Siento impotencia, rabia, coraje, dignidad, mis expresiones son algo inexplicables, algo que no sé cómo decirlo, pero es algo extraordinario de sentir, ese orgullo de mi raza y de mis orígenes.
El 27 de octubre es otro momento caótico cuando asesinan a Brad Will, retienen a mis compañeros de Noticias, Carlos Román y mi compañera de Proceso, Rosalía Vergara, en San Antonio de la Cal. Además, hay balaceras en Santa María Coyotepec, en Viguera. ¡Uff!
Lo último es el 25 de noviembre cuando viene la represión. Después de la marcha que sale del aeropuerto se llega a Santo Domingo. Descansamos donde está el edificio del Monte de Piedad cuando un grupo de chavos mimetizado en su revolución comienza a agredir a la PFP en el andador turístico, se da la refriega. Del caos viene la organización. Los chavos están en primera fila, las mujeres se suben al edificio en construcción que está frente al restaurante Hostería de Alcalá y desde ahí arrojan ladrillos y tabiques para convertirlos en proyectiles y transformarlos en parque para los de la primera línea.
En la tercera línea está la gente adulta que pasa trapos remojados con refresco de cola o vinagre y ayuda a trasladar a los gaseados y a los que están lastimados al Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca.
Cuando dan la orden de avanzar a la PFP y realizar detenciones, recibo una llamada de Ricardo Rocha y me pregunta, “¿Qué está pasando?” Y le respondo: “No puedo ni hablar por los gases, ya avanza la policía, voy corriendo, te voy a colgar porque ya están cerca”. Me contesta: “¡No! Tú sigue narrando”. Y pues sí, de repente me siento solo. Llego hasta el jardín Conzatti.
Veo a un grupo de periodistas independientes de otros países y lo primero que pienso es en mi seguridad y digo: “Si van a madrearnos lo van a pensar dos veces porque esos son extranjeros y van a tener cuidado, no va a ser tan brutal. Y me uno a ese grupo de periodistas internacionales: italianos, franceses, españoles. Llegamos hasta la Calzada de Niños Héroes ahí frente al Instituto del Seguro Social y empezamos a avanzar rumbo al Fortín. Casi llegando al Fortín, alguien invita a subirse a una camioneta. “Quiénes vayan por Etla súbanse”.
Cuando la batea casi está llena, llega un convoy que sale por Crespo, la camioneta arranca y la gente se cae, muchos gritan, los golpean y alguien de los periodistas quiere tomar fotos y le dicen que no, porque nos van a reconocer. Nos adentramos a lo que era el Fortín, al Cerro y hasta que salimos del otro lado donde está la Panorámica del Fortín, es ahí donde mi compañero Carlos Román Velasco va a buscarme en una motocicleta y de ahí atravesamos al centro de la ciudad. Es un campo de guerra, muchos sitios arden, las nubes de humo, gases, el olor a sangre y el ambiente de dolor, terminan por quebrarme. No tengo tiempo de procesar nada porque debo mandar la información a Proceso y a Noticas.
Y vuelvo al niño vestido de resistencia. Él es el reflejo del verdadero pueblo, abandonado a su suerte y al olvido.
Cierro con una frase de la Canción de Los Cadetes de Linares: No, no te preocupes por mí, aquí todo sigue igual… Ya, ya la fuente se secó, el canario ya murió, Pero aquí no hay novedad…
¿DÓNDE ESTÁN?
Así como El Mascota hubo otros niños rebeldes que hicieron de la lucha magisterial su bandera para abandonar la orfandad social en la que crecían, pero que su final no es nada halagüeño.
¿Qué fue de ellos? ¿Dónde están?
Y es que los que fueron asesinados en esta revuelta de 2006, enterrados están.
Las familias enlutadas, rotas están.
Los huérfanos, desamparados están.
Las viudas, vacías están.
Los torturados, lisiados están.
Los detenidos, atormentados están.
Mientras que los supuestos luchadores sociales, en el Palacio de Gobierno están.
Las organizaciones redentoras de la causa de los pobres, en Morena y la nómina de gobierno están.
Mención aparte tiene los líderes magisteriales como Azael Santiago Chepi e Irán Santiago que utilizaron la lucha social para obtener curules el Congreso de la Unión y otros en el congreso de Oaxaca.
Creo que todos los dirigentes magisteriales, pocos se salvan del escrutinio de pueblo, porque la mayoría traicionaron el movimiento, se vendieron al mejor postor o terminaron siendo los lamebotas del poder.
El saldo trágico
El informe de la Comisión de la Verdad que se entregó a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y posteriormente en la Corte Penal Internacional (CPI) de La Haya, confirma delitos de lesa humanidad que se cometieron en el conflicto sociopolítico de 2006 y 2007 que incluye 30 ejecuciones extrajudiciales (entre ellas la del periodista estadunidense Bradley Will), 311 detenciones arbitrarias, 248 casos de tortura documentada y comprobada, así como la desaparición forzada de Edmundo Reyes Amaya y Gabriel Cruz Sánchez, dirigentes del Ejército Popular Revolucionario (EPR).
Hay que destacar que Vicente Fox reveló que Felipe Calderón exigió el envío de las Fuerzas Federales a Oaxaca para garantizar la asistencia del PRI en su toma de protesta como presidente de la República, es decir Calderón necesita del PRI para legitimarse y a cambio permitió que Ulises Ruiz continuara como gobernador. Oaxaca fue la moneda de cambio.
Solo recuerdo que el apoyo de la Policía Federal Preventiva (PFP) y del Ejército, el gobierno oaxaqueño realizó los operativos denominados ‘14 de junio’, ‘Plan General de Operaciones Antibloqueo’ (20 de julio a 20 de agosto de 2006), ‘Limpieza de Vialidades’ (21 y 22 de agosto de 2006), ‘Plan Hierro’ (1 al 27 de octubre de 2006), ‘Plan Rector de Operaciones “Juárez”’ (28 de octubre de 2006 al 24 de enero de 2007) y ‘Guelaguetza’ (1 de julio al 1 de agosto de 2007).






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