La muerte también convoca, reúne, alimenta y devuelve la alegría a los corazones. .Xoxocotlán se alista para cumplir con el ritual de Todos Santos y los Fieles Difuntos que viene de tiempos inmemoriales. Entre flores, comida, copal y velas, las familias iluminan el camino de sus fieles difuntos.
Pedro MATÍAS
XOXOCOTLÁN, Oax.— Un viento helado me recorre el cuerpo. Las ramas de los árboles se agitan, a veces con una violencia que estremece. «Son los vientos de muertos», susurra la gente, como si en cada ráfaga llegara el aliento de quienes, por unos días, regresan del más allá.
De inmediato, en mi memoria resuena la voz ronca y desgarrada de Chavela Vargas interpretando La Llorona, acompañada por el lamento de una guitarra:
«No sé qué tienen las flores, llorona, las flores del camposanto, que cuando las mueve el viento, llorona, parece que están llorando…».
La canción se funde con el murmullo del viento y con esa tristeza antigua que acompaña la memoria de los muertos. Pero aquí, en Xoxocotlán, la nostalgia no tiene la última palabra. La muerte también convoca, reúne, alimenta y devuelve la alegría a los corazones.
El aire comienza a impregnarse del aroma del chile asado y del cacao tostado. Los molinos rechinan y dejan escapar su estruendo por las calles. En las cocinas, las manos se afanan; en los mercados, las familias buscan los últimos ingredientes. Ha llegado la festividad de Todos Santos y los Fieles Difuntos.
Este pueblo de raíces zapotecas y mixtecas, asentado a los pies de Monte Albán, se prepara, como lo ha hecho desde tiempos inmemoriales, para recibir a sus muertos. Hay que abrirles la casa, disponer la mesa, encender las velas y tender un camino de flores para que las ánimas encuentren el regreso.
Porque aquí los muertos no se olvidan. Se les espera.
Los aromas se entrelazan hasta volverse uno solo. El picor del chile chilhuacle se mezcla con la fragancia del cacao; el mole y el chocolate anuncian que la fiesta está por comenzar. Las flores de cempasúchil y las silvestres se confunden con el humo del copal. El mezcal acompaña al pletatamal, mientras el tañer de las campanas se entreteje con las alabanzas y los rezos.
Todo parece hablar al mismo tiempo: la tierra, la cocina, la iglesia, el mercado y la memoria.
La plaza se viste de colores
Es día de plaza en Zaachila, ese mercado zapoteca donde la tradición todavía se reconoce en los rostros, en las mercancías y en el regateo de quienes conocen el valor de lo que venden.
Desde las montañas descienden mujeres y hombres cargados de flores silvestres, tejocotes, nísperos, manzanas, naranjas, limas, anonas, caña, cacahuates, jícamas, gallinas, guajolotes y copal. Cada producto tiene su lugar y su propósito. Nada se compra al azar: todo habrá de ocupar un sitio en el altar.
La plaza se convierte en un río de gente. Las voces se cruzan, las canastas van y vienen, los colores se multiplican. Las familias buscan aquello que les falta para recibir a sus difuntos, mientras los visitantes observan, maravillados, aquella explosión de olores, sabores y tonalidades que transforma el mercado en una celebración de la vida.
El reloj de la Catedral y alguna estación de radio anuncian que es mediodía. Entonces comienza a escucharse el himno de los oaxaqueños, Dios nunca muere, esa melodía que parece brotar de las entrañas de la tierra y que, en estos días, adquiere un significado todavía más profundo:
«Muere el sol en los montes, con la luz que agoniza…».
La canción habla de la fugacidad de la existencia, de ese destino que nos iguala a todos. Sin embargo, también deja una esperanza: aunque la vida termine, hay algo que permanece. En Xoxocotlán, esa permanencia tiene nombre, rostro, historia y lugar en la mesa familiar.
El estruendo de los cohetones y el repique de las campanas anuncian que ha llegado la hora.
El regreso de las ánimas
Son las tres de la tarde del 31 de octubre. Las voces se levantan en una plegaria que atraviesa las calles y parece abrir las puertas entre dos mundos:
«Salgan, salgan, salgan, ánimas de pena, que el rosario santo rompa sus cadenas… Con un Padre Nuestro y un Ave María tenemos descanso en tanta agonía».
Las palabras avanzan entre rezos y recuerdos. Los fieles se preparan para recibir a quienes se fueron, pero que, según la tradición, vuelven durante estos días para compartir la mesa, escuchar las voces de sus familiares y reconocer el hogar que dejaron.
Las campanas repican para dar la bienvenida a los niños difuntos. En su sonido hay algo de arrullo, una ternura que parece pronunciar una y otra vez: «Mis nenes, mis nenes, mis nenes».
La jornada transcurre deprisa. En las casas, los altares ocupan el sitio principal. Las fotografías de los ausentes miran desde lo alto, rodeadas de flores, frutas, veladoras y alimentos. Unos preparan el mole; otros se afanan con el pletatamal. Alguien acomoda el pan, mientras otra persona enciende el copal para purificar el espacio y perfumar la bienvenida.
Afuera, las familias se encaminan al panteón con sus tercios de flores de cempasúchil, cresta de gallo, alcatraces y flores silvestres. Van a limpiar y adornar las tumbas de quienes se adelantaron en el camino. Colocan velas y veladoras para que ninguna ánima se extravíe en la oscuridad.
Cada flor es un recuerdo. Cada llama, una esperanza. Cada tumba, una historia que se niega a desaparecer.
Al caer la noche, los repiques anuncian el Rosario Cantado. Son las ocho y un camino de luces conduce hasta el templo del siglo XVII dedicado a San Sebastián, en Xoxocotlán.
La oscuridad se puebla de pequeñas llamas. El silencio de las sombras se rompe con las alabanzas del cuadro de apóstoles y soldados romanos que participa durante la Semana Santa. Los rezadores acompañan la imagen de San Sebastián en su recorrido hacia el panteón municipal, escoltada por un relicario de la Virgen del Rosario.
El viento de muertos, que en otros años suele hacerse sentir, esta vez permanece ausente. El clima es espléndido. Pero nadie se confía: la población nativa deja a un lado el cansancio y hasta el sueño. Hay mucho que hacer, porque recibir a los muertos exige tiempo, devoción y cariño.
Cuando las tumbas se convierten en altares
Las velas y las veladoras iluminan los panteones de San Sebastián, Mitlantecutli y el panteón nuevo. Desde lejos, los camposantos parecen extenderse bajo un manto de estrellas que ha descendido del cielo para posarse sobre la tierra.
Las tumbas se transforman en altares. Hay tapetes de flores, calaveritas de dulce y de papel, catrinas, danzantes y ofrendas dispuestas con esmero. El camposanto deja de ser únicamente el lugar del descanso eterno: se convierte en una casa abierta, en una plaza de recuerdos, en un territorio donde la muerte convive con la música y el afecto.
El calor de las personas se confunde con el de las veladoras. Las familias hacen guardia frente a las tumbas, como si durante esas horas no quisieran separarse ni un instante de sus seres queridos.
Algunos contratan mariachis; otros llevan tríos o bandas de música en vivo. Hay quienes encienden sus bocinas para reproducir las canciones que les gustaban a sus difuntos. Así, entre melodías, conversaciones y lágrimas furtivas, cada familia reconstruye una parte de la vida de quien ya no está.
Las canciones hacen bailar a la memoria. Unas arrancan sonrisas; otras humedecen los ojos. Alguien cuenta una anécdota, recuerda una ocurrencia, imita una voz. Por un instante, el ausente vuelve a ocupar su lugar en la conversación.
Caminar entre las tumbas se vuelve casi imposible. Los pasillos se llenan de visitantes que avanzan con cuidado, buscando algún atajo entre las sepulturas. Algunos turistas, conmovidos por la escena, se detienen ante las tumbas menos concurridas y depositan una flor o encienden una veladora donde parece que nadie ha llegado a recordar.
Entre copas de mezcal, tlayudas, tacos, tostadas y botanas, las horas se escurren sin que nadie repare demasiado en ellas. La noche avanza y, cuando el reloj marca las tres de la mañana, los panteones continúan repletos de visitantes.
Aquí nadie parece tener prisa por despedirse.
Una tradición que viene de lejos
El maestro de capilla José Reyes Matías sostiene que este reencuentro tiene raíces prehispánicas y remite a las antiguas prácticas funerarias de los pueblos que habitaron estas tierras.
Como referencia, recuerda el descubrimiento de la Tumba 7 de Monte Albán, realizado el 9 de enero de 1932 por el arqueólogo mexicano Alfonso Caso. En aquella cámara mortuoria se encontraron más de 600 piezas elaboradas con materiales diversos, entre ellos oro, turquesa, perlas, obsidiana, plata, ámbar, concha y hueso. Entre los objetos más sobresalientes figuran un pectoral de oro y un cráneo recubierto de turquesa.
También menciona la Tumba 104, donde, según su relato, se encontraron semillas de chile, tomate y maíz entre los elementos de la ofrenda.
Son vestigios que permiten asomarse a la relación que las antiguas civilizaciones establecieron con la muerte y con la continuidad de la existencia. Mucho antes de que las campanas cristianas anunciaran los días de Todos Santos, los pueblos originarios ya habían construido sus propias maneras de honrar a quienes partían.
Con la llegada de los españoles y el proceso de evangelización, las creencias indígenas se encontraron con las celebraciones católicas. De aquella convivencia, no exenta de imposiciones y transformaciones, surgieron nuevas expresiones religiosas y culturales.
En Xoxocotlán, esa historia no permanece encerrada en los libros. Vive en los altares, en las oraciones, en las flores y en las manos que, año tras año, repiten los gestos heredados de sus antepasados.
El olor del copal y el sabor de la memoria
Llega el 1 de noviembre y el humo del copal comienza a inundar las casas. El sahumerio, ese recipiente donde arden las brasas del carbón, esparce su aroma por las habitaciones. El humo se eleva lentamente, envuelve las fotografías y se desliza por las puertas, como si quisiera alcanzar a los visitantes invisibles.
La celebración es, ante todo, un encuentro familiar. Regresan quienes viven lejos, quienes emigraron en busca del llamado sueño americano y quienes llevan años construyendo su vida fuera de su tierra. Muchos vuelven para encontrarse con los suyos, pero también para reencontrarse con sus muertos.
A las tres de la tarde, las familias reciben a sus difuntos mayores. La mesa está preparada y la comida espera. Se sirve caldo de gallina y aparece el pletatamal, un alimento propio de esta temporada que guarda en su preparación una parte de la identidad local.
El maíz quebrajado se mezcla con el chile chilhuacle y se envuelve en hojas de aguacate, hierba santa y de plátano. Lleva carne de pollo y cerdo. Su elaboración requiere paciencia, conocimiento y manos que sepan conservar los secretos de la cocina tradicional.
No es solamente comida. Es una manera de decirles a los ausentes que siguen teniendo un lugar en la familia.
Alrededor de la mesa, las conversaciones recuperan nombres y episodios. Se cuentan anécdotas de los difuntos, se recuerdan sus gustos, sus enojos, sus bromas y sus costumbres. También aparecen relatos de acontecimientos inexplicables, de presencias que alguien asegura haber sentido o recibir señales que interpreta como una visita desde el otro lado.
Nadie necesita demostrar nada. En esos momentos, la memoria y la fe se entrelazan, y cada familia encuentra su propia forma de mantener viva la presencia de quienes ama.
La despedida
Se acercan las tres de la tarde del 2 de noviembre. La celebración comienza a llegar a su fin, aunque nadie parece dispuesto a aceptar que el reencuentro tenga que terminar.
Las familias se preparan para despedir a sus muertos. Se elevan las oraciones, se sahúman nuevamente las casas y las manos acomodan los últimos detalles de los altares. Las velas continúan encendidas mientras los rostros se detienen, una vez más, frente a las fotografías.
Entonces vuelve a escucharse Dios nunca muere.
La melodía recorre las habitaciones y acompaña los pensamientos de quienes saben que ha llegado el momento de decir adiós. Afuera, los cohetones surcan el cielo con estruendo. Sus luces estallan y con ello anuncian que el ritual se ha cumplido.
Los muertos deben regresar al lugar de donde vinieron, al menos hasta el próximo año.
Hay tristeza. Es inevitable. Ninguna ofrenda devuelve los abrazos ni borra el vacío que dejan las ausencias. Pero también hay alegría: los seres queridos fueron recordados, sus alimentos favoritos ocuparon la mesa y sus nombres volvieron a pronunciarse en medio de la familia.
Se les recibió con flores, se les acompañó con rezos y se les festejó con comida, cerveza y mezcal. Durante tres días, la distancia entre los vivos y los muertos pareció acortarse hasta desaparecer.
Hasta el próximo año, dicen los corazones, aunque los labios apenas se atrevan a pronunciarlo.
Pero la fiesta todavía no termina.
Para prolongar el jolgorio, la población se prepara para salir en la comparsa. Hombres y mujeres se disfrazan y recorren las calles polvorientas al ritmo de las bandas de música. Los cuerpos bailan, las máscaras esconden los rostros y las carcajadas se mezclan con los metales y las percusiones. La vida reclama su espacio después de haber compartido la mesa con la muerte.
Otras familias cumplen con la costumbre de ir a dejar a los muertos, un ritual que también fortalece los lazos del compadrazgo. Los compadres reciben canastas de carrizo con mole, chocolate, pan de yema, fruta y mezcal, cubiertas con servilletas bordadas. Es una forma de compartir lo recibido, de corresponder a la hospitalidad y de mantener viva una red de afectos que sostiene a la comunidad.
Así se cierra el ciclo. Las flores comenzarán a marchitarse, las velas se consumirán y el humo del copal terminará por disiparse. Las casas recuperarán su silencio y los panteones volverán a recibir la quietud de los días ordinarios.
Sin embargo, algo permanecerá.
Quedarán las fotografías, las historias repetidas, el sabor del mole, la música que alguien volverá a escuchar al recordar a su padre, a su madre, a un hijo o a un hermano. Quedará también la certeza de que la memoria es una forma de resistencia contra el olvido.
En Xoxocotlán, la muerte no se esconde ni se pronuncia en voz baja. Se le recibe con los brazos abiertos, se le ofrece un lugar en la mesa y se le acompaña con música. Porque aquí, donde las flores alumbran el camino y las campanas llaman a los ausentes, recordar es otra manera de amar.
Fueron tres días en los que la vida y la muerte se dieron cita. Tres días de aromas, rezos, música, lágrimas y abrazos suspendidos en la memoria.
Y mientras los últimos cohetones se apagaban en el cielo, los corazones, aun con la tristeza de la despedida, se desbordaban de gozo.






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